Antes, eran extraños días
de temblor y guerra.
Antes, mi cabeza era un camino
serpenteando sin principio ni final
tenia nombre, apellido
y nervioso me levantaba a calcar mis huellas digitales
en el papel.
Hoy en día
Presurosos
vamos por la multitudes
como corriendo.
Entiérrenseme como espinas
los pelos de mis escuálidas piernas
Salpíquenseme semanas de fiebre
de carbón, que mientras duermo
sigue recitándoseme, incansable
hambriento de particulares erecciones.
Rostros de poco color retozan ahora mis fantasías
dudosas de agarrar alguna mano fría por ahí.
Todo parece tan caliente, tan alegre
brincando en el oscuro verde del Sur
aullando trances
durmiendo profundo
volando alto, como un volantín
lejos de todo nombre
pero lejos de cualquier acción
arriba los gatillos se pierden
todo es suave en las nubes de algodón
los amigos pasan, repasan, beben y se van
las madres se hinchan rojas furiosas en Alcatraz
pero todo es suave en las nubes de algodón.
No recuerdo, días de verdadero movimiento
en el océano juvenil, en los pastizales de humo.
Yo siempre floto, yo siempre vuelvo
y se me hace fácil
el desordenar, reordenar
sus discursos
como castillos de nieve.
Se me hace fácil se transparente y desvanecerme
como un marco de puerta sin puerta
escabullirme entre los disparos al aire
hasta que el codo se te cansé, yo me iré.
Una lastima que los chirridos de las camas
no se detengan jamás.
Una lastima que las perfectas rutas trazadas en alta mar
no caigan, cuando yo caigo.
Sobrio en verdad
con el pájaro azul encerrado en el pecho
con la maquinaria pesada entre los puños
asintiendo como embelesado
asustado porque en sueños tristes
no reconoce rostros.
Así que la garganta se quema
la ñata se tapa
y de un salto volvemos a ver al aviador rojo de los mil veranos
mirando fijo a sus horizontes de gélido invierno
Desaterrizado, como volando
deslizando sus pies a centímetros del suelo
en donde perdido
ve como le ocurre
ve como todo le ocurrió
ve como nada ocurrió
aquí ni nunca ni mañana
hasta que el combustible se apague
por una buena sinrazón.
Nací con urgencia en mis pies
con golpes en las costillas
enredado
con el cráneo aplastado
vine con alas de membranas neuronales
abrazado por la sombra
del árbol
la nube y una cobija de manos.
De una palma crece la mano
de una mano crece la flor
humo celeste
corriendo en los pastos
partos
del inmenso cielo
de la infinita raíz.
Donde nuestras huellas digitales
se encontraron con la piel
y las piedras
con los vidrios rotos
una rodilla más
manchada de sangre
es otra abuela en mi pasillo
arremolinados en los cojines
telarañas son las sabanas
indivisible
es hacia donde mi frente se derrama.
La pasión
marca la cruz para
el ocaso
la narración es tuya
y por ella tienes que sangrar
depositar las tripas
quemarlas
por todo lo que
merece ser amado
recitado desde
las cuevas en las cordilleras.
Hay cosas que
te perseguirán por siempre
con alas de hielo
arrebatándose de las manos
como un fotograma insertado por error
ahí en frente tuyo
por unas cuantas
fracciones
de segundo.
La muerte es fácil
certera
emerge de la tierra
en un puñado de vísceras
se limpia con el agua
de los ríos
de los ojos
de las entre
piernas
arriba
en el alto cielo
verás a la muerte recoger
con brisas y tornados
tronando
chiflando
a los hermosos caídos
volviendo hacia ti
en bíblicas tormentas de fuego.
Hay más marcadores de libros que libros en mi habitación, a nadie le importa en este burdel de mala muerte en donde enterrada esperas el corte certero a nuestro cordón umbilical. En el patio de hojas de papel, donde los espejos de barro se asomaban con el frio y el sol, fue donde apenas sostuve tus manos de mantequilla, con ojos y pies entumecidos te besé para desaparecer. Tuvimos que aprender a cantar gritando. Nuestra cara se configura por la manera en que hablamos (por la manera en que le decimos a alguien cuanto lo queremos).
Soy un hombre recurrente, de costumbres. No tengo destino ni tampoco puedo elegir. Aparentemente siempre vuelvo a ti; a volverte a ver volviendo del baño, con una sonrisa de oreja a oreja, tus ojos maquillados brillando, tus labios recién pintados, tu cara un poco pálida. Una nueva visión. Tu rostro cubierto del mejor sotobosque. Primaveral y lejana, no existía para ti nada en esa habitación, para mí tampoco. Perfecta ocasión para arrancarte la cara y lanzarte a la cama, enterrarte mil puñales furioso, desgarrarte ese pecho tuyo que apenas si respiraba. Quisiera hacerte oler las flores de la muerte.
Necesito ensuciar el suelo para empezar a cantar, barrer el piso para empezar a leer, una erección para ponerme a escribir. Después me levanto de un salto con los perros del callejón, los ojos rojos en sangre y la sonrisa como pintada o traída del espacio sideral. Así aprendí a caminar, leyendo fantasías de cómo pudo ser. Dibujando bosquejos del incendio en la jaula del gorrión, pajarito de pecho abierto que se le olvido adonde emigrar, las alitas en la lluvia que no se quieren tomar. Un beso y declaración abierta (de espaldas), un par de horas en calentarte los pies.
Extiende tus brazos desde el fondo hacia los míos, quédate un rato a mirar como acumulo sueño los fines de semana, para el lunes tener un globo aerostático de ti flotando sobre mi cabeza y dos poleas en mis ojos lunáticos. En el dormir me encuentro con una constante conversación, como en un mar imparable las palabras inconexas vienen y van y yo las montó y navego pensando en ti. Despertar entre cabellos y pedazos de mi cráneo arrancados por el nocturno.
Ojalá pudieses ver como me arde y pica el cuerpo, como las hormigas rodean mi habitación, como las moscas chocan contra mi ventana glacial. Ojalá pudieses agarrarme de nuevo con tu mano y hacerme volar como un cohete, quemar todo mi combustible a costa de zumbidos, cachetadas, susurros, manotazos. Quedar ciego e inmóvil, tieso y apunto de explotar en un disparo certero. Ojalá que duerma con tu respiración dormida, que te abriría violenta y lentamente el pecho para introducirme en él, de esta manera, dejar plantadas esas memorias que me bombardean para estallar. Verificar si nuestro hilo rojo persiste sin importar lo enredado, si es que bajo la superficie de la ilusión, todavía existe nuestro ecosistema perverso y alegre, si es que aun importa que tú me veas y yo no te vea, que yo te vea y tú no me veas.
Quiero encogerme como un viejo. Postrado en una silla, calavérico, rodeado de gente que me quiere matar con una almohada. Sentado a los pies de la mañana a contemplar nada, una playa que no existe, escupir tabaco negro y respirar bien.
Verte en la palma de mi mano como un tren en mi niñez. Rostros en los pasillos que no se quieren ver y figuras incandescentes sentado en la parte trasera del auto. Mi cama como una antena o un radar. De delirios nocturnos, sobre: abrazos, notas en el antebrazo, llantos que derrumban paredes. La casa ardiendo en demonios.
El cuerpo pide espasmos en su vientre, atrapado como una mosca en sus piernas de telaraña, amarrado a sus brazos de plomo sobre mi espalda ancha. Trafico en mis oídos que es el mar. Cuando puta voy a pararme con ojos atómicos mirando la tormenta y decir la verdad. Que es más verdad para mí que para ti.
Déjame escupir fetos y sentarme a escuchar como amaneces, despertarme y pelear intimas batallas en ladridos de perros cubiertos de apariciones fantasmagóricas (esas que te hacen girar el cráneo) en el patio de la casa. Escaramuzas tapizadas de barcos, submarinos y aviones de papel donde camuflado me puedes encontrar espiándote como un ciervo a punto de ser cazado. La verdad es que estoy cansado de ser hijo de cualquiera.
El temblor que nace de sus manos y los recuerdos que insensatos se queman en su cabeza de terciopelo van al vaivén del tren. Le quedan: cosas que guardar en su cajón, vivir alguna de sus fantasías (trágicas o no) paranoico cinematizadas, fumarse los últimos cuatro cigarrillos en la habitación medio oscura. El gato maúlla y él no sabe porqué, posiblemente tenga algo que compartir.
Aprendió que como bien sabe, el tobogán espera al que no está atento. En vigilia constante. Por sus ojos ya pasaron todas las respuestas que imaginó. Así es bien difícil impresionarse.
Le asombra lo fácil que parecen olvidar y perdonar las personas 100 km a la redonda. Pareciera que tienen algo más que un chaleco antibala. El ahogo en su sangre que tanta ansiedad le entrega es parte de su obsesión desde el día en que nació. Son rumores que en fotos ve transformada la belleza de las personas que como recuerdos se le escaparon de sus manos cabizbajas.
El tiro en la culata que mientras estalla tan hermosa lo deja libre por siempre. No quiere más perros desnutridos ni beber bencina. A paso largo y ancho va hoy día caminando porque entendió que las cosas nunca terminan ni son presa de cabellos o manos de mujer. La niebla no se disipa. El mar no se abre. El intermitente destello que lo hace volar es eterno, basta abrir los brazos y empezar a flotar. El circuito siempre nos llevara adonde realmente pertenecemos.
Pensamientos de tirarse al mar. que le sugieren vestidos de algas en las mujeres, mariscos en su plato, ahogarse en altamar. Repeticiones macabras en la parte posterior de su cerebro. Olores en los supermercados que lo transportan a ropa color pastel, labios rojos, cabellos de telaraña, cosquillas de polilla, ojos como puertas al infierno. Aparece en sus sueños cada dos horas solo nombrada y desesperado busca como buscar. La tierra entre sus dedos es barro y la extraña como un bicho extraña a la luz.
Son paseos de sudor en el sotobosque lunar, los hongos crecen como maleza. Le gira la cabeza de vértigo en el arrebol pensando en distintas formas de volverla a ver sin que su pelo se queme como un fósforo eterno.
Recovecos húmedos donde pasear y fumar. Un abrazo en el balcón. Dos se tambalean como un bote en la costa. El tejido fue creciendo exponencialmente de su cabeza al resto de su cuerpo (menos sus pies que siempre se van). Le llegan como terapia de shock por la noche. Por la mañana viene la nostalgia que espera no volver a ver (pero si compartir). Las brasas se terminan de apagar. El último cachorro de la gata se durmió. Una última ola al cangrejo. El tabaco se hizo humo en su boca y descartó la idea de morir en el mar.
Son casi doce horas de sueño en donde se le aparecen fantasmas con rostros conocidos, revoloteando como polillas, rozando su cuerpo astral que mientras duerme lo ponen duro. En el momento en el que se olvida se da cuenta: “solo si pierdes toda esperanza y fe y te conviertes en una maleza más junto al camino estás listo para ser recogido y viajar“. Se fundió en el entorno, se fusionó con los matorrales moviéndose a toda velocidad. Se confundió con la nieve en la montaña tocando el celeste cielo.
Visionario a tus visiones a tu iluminaciones al borde del camino. A ver despierto o con ojos cerrados hechos inverosímiles que puede jurar que van a pasar. Iluminaciones del universo en expansión, de la radiación espacial, del fuego inmortal, de la Interzona y el doctor Benway.
Pajaritos cazando mosquitos. Ángeles en el cielo volando como cazas en la segunda guerra mundial, maniobrando velozmente esquivándose los unos a los otros. Cayendo en picada al paso sin retorno (en la Carretera Amanecer) que lo lleva a transmutarla como haría un alquimista. Como hace él para tener su mano en su mano. Las manos en la mañana. Frío primaveral. Verano hiperespacial.
Caminaron por una playa donde la arena eran rocas inmensas. Los niños pasean con tarros y no hay negocios abiertos a las cuatro de la tarde. El miedo lo invadió. El otro vive en ciclos más lentos. Miedo que le recordó a su cama, que le recordó a su necesidad infantil de estar solo. A su necesidad infantil de estar acompañado. El olvido se bebe como vino tinto en caja. Las caminatas son largas desiertas y ahogan al poco entrenado. La consciencia se pierde o se abre en los senderos de tierra mojada, es difícil elegir.
Bocinas que como ladridos asustan al gato. Elévense con conmoción e inventen planes que no dependan de ninguno. Mastiquen chocolate que les cueste un ojo de la cara. Ten fe porque en los hornos a los que te llevarán solo existen pulmones verdes. Tiembla porque cuando te quieras largar, el diablo se apoderará de tu preciada voluntad (lo único que de verdad tienes). Tiembla ahora porque la tristeza y las heridas se abrirán paso por tu sien haciéndote recordar del tiempo que piensas estar desaprovechando.
Uno es multitud, dos son uno. Dormir jamás es la solución pero me acerca a ti. El pasto verde recién cortado como red para mil abejas, como red neuronal. El mar bien abierto que huele a algas y a pescadores lunáticos.
Recuerda llegar a pueblos que parecen suspendidos en el tiempo. Donde los perros se pasean en jaurías todos moribundos, sedientos de alguna mano amiga para infectar. No te olvides tampoco de siempre nadar hacia el Sur. Fuma hierbas en algún pasillo húmedo mientras afuera llueve neblinosamente. La tierra roja el clima verde y profundo. Desiertos oníricos al costado del pulmón, que se pasean como bichitos negros de patas cortas, ingenuamente masajeándote el cerebro y el corazón.
Los santos no religiosos adeptos a la garganta y al sonido, consagrados a la forma espiral infinita. Sufren de la espalda. Pero creen (con firmeza que vacila) en que toda narración es un cuadro, un paisaje, un viaje en tren. No sirve de mucho añorar a otros estando en lugares tan inmensamente boscosos, dorados como el aceite de maravilla, como el verde turquesa paseando en los ríos, ellos no olvidan donde están sus pies como tampoco que no están dejando de rodar hacia mas alucinaciones de verde profundo.
Autos que corren a mas de doscientos y suenan como abejorros gigantes de otro planeta. Zumbando por la Carretera Austral donde las nubes se comen a la tierra y la inundan de negro. Por siempre te invade una melancolía (modalidad bebida alcohólica). Te invade como la furia quema al insecto.
Robar flores del cementerio entregadas mediante la vía láctea. El lago rojo profundo en el que nado me da unos pies de cemento. Olas de concreto. El hombre siempre es libre cuando se tiene que ir. El sur es el norte y los preparativos bien densos. El camino es como escuchar a un caballo galopar. Camiones que suenan como trenes. Frio es respirar. Campos de estrellas moviéndose y todo es viajar, descansar y respirar.
Escapar a toda velocidad de lo que se tiene miedo. Porque hay que mirarlo sin una burbuja de luz sobre la cabeza. Las vibraciones siempre irán hacia un buen lugar. Patrones de sueños lucidos. Visiones dormitando (con el cuerpo olvidado) de realidades paralelas. Los hombres de arcilla seca viven en por lo menos tres mundos simultáneamente.
Cementerios como Valparaíso. Arboles de treinta metros haciendo de guardianes en las tumbas para que nadie te arranque las flores.
Las fotos de su niñez yacen apiladas en un rincón. Está seguro que nos faltan frescas corrientes de viento como también que algún día las hormigas reinarán su hogar. Para cualquiera hacer la cama es un escándalo, ruido y líquidos en las cuatro esquinas. Los amigos viven en las torres de concreto y antenas de papel, solo se pueden comunicar con vasos plásticos e hilos amarrados por detrás.
El trance viene con el sol. Ráfagas de viento impresas en las fotos del paisaje son el camino con el mono y el elefante hacia el espiral. Perros corriendo por toda la eternidad tras los autos de sus dueños que jamás volverán. Ríos juveniles se deslizan por entre los sauces que hicieron llorar, por diminutos panoramas cristalinos y olvidadizos.
Salió entonces al balcón después de conversar meses con ella en su imaginación, prendió el cigarrillo en el frío del verano y con la cara somnolienta recordó entendió escribió compuso una ultima explicación, un disparo profundo a su pecho violeta. En el fondo. Pese a todo. Excluyendo todo. A él le obsesionan los laberintos en las nubes y en su cama.
Las luces están tatuadas en la retina infinita. Las miradas cruzan el ambiente como flechas en el evento a beneficencia para el desaparecido. La gente que escucha su música en las muchedumbres son livianas como una pluma y parecen flotar al caminar. Dicen que basta un par de zapatillas o un corte de pelo para caer en el regazo de la somnolencia, en el bus hipnótico que se desvanece subiendo la cordillera, que se desvanece contigo y otras diecisiete personas aproximadamente.
Tuvieron que caer como estrellas sobre sus penes para que la inseguridad se tomara un par de meses y comenzase la verdad. Dicen también por ahí que hay un niño, un padre, un abuelo y un espíritu santo en el cascaron que llamamos cuerpo. Los niños saben componer muy lindas melodías en sus pianos de juguete. Hoy explotó como una bomba la adolescencia en sus sabanas, la mancha de sangre era como un girasol. El abuelo es adicto al peligro y murió de cáncer al pulmón. El espíritu se fue volando con los ángeles al cielo.
Todo es suspiros últimamente, los castillos arremolinados sobre su cabeza dejaron de vender la marca de cigarro que él fumaba. Desde el último golpe azaroso en su vientre que no se puede concentrar. Ladrillos color rojo marrón se despellejan en el cielo y caen sobre sus podridos dedos, poco le interesa, hoy hay una espectacular ráfaga romántico-amorosa que lo hace olvidar de cómo bombea su sangre. Sístole. Diástole.
En la cara narcoléptica hay señales que prueban que no puede dejar el respiro de añorar, los lugares comunes lo persiguen como una jauría de perros en celo. Bien rabioso jala discos y películas cual cocainómano en busca del rostro, ombligo, uñas, labio, hueso de cadera. Las memorias aparecen y desvanecen como luces de neón en la carretera (que de día es una sabana, de noche un huracán).
El vertiginoso corazón inundado como barco atormentado en un vaso de agua, desparramado sobre sus miembros se rige por la ley del no esfuerzo. Así que entre sueños como una palomita la mujer se le aparece esperando sentada en un árbol. Entonces se despierta y recuerda que en su profunda colección submarina yace esa marca en la región izquierda del torso de esta chiquilla.
Ojala las gotas te chorreen por los hombros hasta los codos. Esperemos que tu mano se haga gris y colores fríos la adornen. Que colores cálidos alumbren tu pelo. Todos los poetas (conocidos y por conocer) ojala, te sostengan la cara para que puedas dormir. Flotando. Anhelo que de tu pecho, aparezca una puerta azul. Y que de esta puerta entremos a una biblioteca, que escupa libros, precisos y necesarios para ti. Que puedas leer ahí por siempre, para que el barro no manche tus mundos tristes, solitarios y perfectos. Tal vez te gastaste ya. Hay cosas que cambian. Pareciera que tú no. Contigo nunca hay tiempo o hay mucho tiempo. Deseo bastante que no vuelva a pasar nada raro. Que todo esto baje y podamos ser un poco más felices. No es necesario que te vayas porque me voy a ir yo.
Parece mucho tiempo,
El que pasó sin verla tiene
Un olfato ácido y una facilidad enorme
Para quedarse dormido
Las flechas rotas y la niebla
Bajando, corriendo
Cuando uno es pequeño
Hay mil lugares para dormir,
Hoy no hay ninguno
Todos contaminados con las juventudes
Que jamás conocimos
Poco tiempo ha pasado
Y casi se me olvida
Como las expectativas eran bajas
Pero las energías altas
Hoy tuve un sueño
(Ojala te hubieses aparecido por ahí)
La sonrisa era tosca
Las cenizas masticables
Bajo el torso, todas las piernas dormidas
El invierno casi termina y con lo poco que nos queda
Desperté por fin
Con tareas que no puedo cumplir
Vago bajo las nubes de algodón
Cosas que salen mal
Porque salen de arriba
Tras masticarlas hasta que se les acaba el sabor
Y el color
Es un agradecimiento
Siempre lo es, de eso se trata
Todo esto
De juguetes motorizados antiguos
Funcionando solo si no tenías miedo
Te extraño
Siempre y cuando
Solo eso y nada más.
Un edificio puede separar al cielo en dos,
gato de mirada fija que siempre te acompaña,
calambres y calaveras veo en la alfombra.
Te espero con vidrios en los ojos,
siempre y cuando me vengas a ver,
los lentes empañados estarían ahí,
como la última lluvia de invierno que vimos caer.
Revoloteos ardientes de insomnio,
revuelcos, pesadillas y sueño
en la insomnia.
Entonces me atraganto en Sol,
veo de vuelta un otoño eterno,
madrugadas frías respirando agua,
el viento te azota y levanta,
parabrisas con hojas; rojas, amarillas y cafés,
manos tomadas sin sudor.
Escribiré una historia en mi cabeza,
llena de accidentes, donde el océano es el escenario
y todos salen sonrientes.
Todos volvemos al mismo lugar,
una mirada oscura que ya no puedo recordar.
El olor en mis manos desatadas,
el sueño terrible que no deja descansar,
escondites con tu nombre en cada esquina y lugar.

Tu colección de suspiros y mis fantasías delgadas, colillas en el suelo semipintadas de rojo. Un caballo sicodélico en la inmensa estructura Kafkiana. en la maquina del sueño; lugares donde perderse, lugares donde encontrarte.
Un botón en mi camisa quedó abierto. El elefante rosado de la esquina, cuando suspiró, dijo: soy el viento.
Yo cuando respiro soy el eco, navegando en tres lugares. Tu olor asomado como un perro en la puerta. Estás durmiendo sobre los cadáveres fértiles que te hacen mujer, afilada en los recovecos de cada situación.
No hay minutos, numero digital o brazo de reloj que valgan para cuestionar(te).
Las luces van rojas blancas verdes azules, parpadean y aterrizan en mis hombros firmes.
De la espina a la cabeza; vaivén espacial, un calambre desnudo en mi pie. Tus sonidos del bosque, los besos infinitos, los cabellos desordenados sobre mi pecho, al que le gustaría respirar solo para que duermas como siempre has querido. El mapa interno que me imagino dentro de ti no es más que un laberinto. No hay resumen, no tiene principio ni final, inundado y vacío como barco en un vaso de agua. Semanas que avanzan como caracol.
Las disertaciones sobre los cúmulos aéreos se acabaron,
mi aliento de ceniza no tiene como remediarlo.
Por los laberintos calles
yo he caminado,
perdido
con mi sombra extendida en los rojos del oriente.
El viaje es débil
porque la mente vive en otro lado,
dispersa,
como granizo.
Amaneceres volantines,
desiertos apareciendo del vacío.
En la mente del siniestro
nadie te conoce si no te ha visto,
una mirada basta conchetumadre.
Los pasajeros en el tren,
desiertos, como luciérnagas
esperando hacerle el amor a tu mujer.
Hechas de yeso
las mangas de tu camisa,
desiertas también.
No hay razón para la depresión,
bloques de cemento contra genocidios fatales,
la bomba no es nada,
el miedo lo es todo.
La mirada es desierta,
como suben gargajos por mi boca,
la cabeza mareada,
de tanta multitud.
Desiertos en la boca de cada estadio nacional
invierno nuclear en la cara de todo ciudadano.
La madrugada oscura
bocinas y sirenas a las ocho de la mañana
narices empapadas
pacos en la esquina
pañuelos en las caras,
el movimiento es lento en la ciudad donde nadie se da cuenta.
Inclínate un poco en el balcón,
observa como todo crece y vuelve a ceder.
Vivo de tu figura ausente
de sombras que te veo en los pasillos,
rara vez
mi cara mirando tu cara,
sabanas mal plegadas
oh si,
tu olor en el cojín despierto
de respiraciones angustiadas
me nutro
de acercar mi nariz de sabueso
a los pasos que has dado,
escupo en vez de hablar
se me nota alterado
te pregunto:
¿debiera ser mas precavido?
¿Mas osado tal vez?
¿No existir?
¿O cubrir con la escritura cada rincón vacío?
no sé donde estoy ni mis pies ni mis rodillas
al acecho de que todo pase
no pasa nada.
Te quiero abrazar con frio.
Tocar con hambre.
Ser sincero con horror.
Suave que voy a aterrizar.

Trata mi alma
como un antibiótico
Rechíname los dientes
como vagón de tren.
Silbidos ajetreados en mis orejas,
burocráticas semillas germinando,
No es época para la locura espontánea.
El reloj, cada vez que lo leo
me pide calma y serenidad,
que con los pies enterrados en la arena,
me hunda en el mar, me arrastren los pies,
me hunda en la arena.
Más triste y perfumado a desesperación,
similar a tener la boca seca, empalagosa.
Trátame como un anciano, tranquilo,
que ya estoy cansado de las construcciones en vano.
Aburrido de la expectativa
que se ve como un enjambre de pájaros,
aleteando disparatados sobre mi cabeza.
Me gustaría no volver a bombardear
mi estomago querido,
ya muchas emociones tuvo,
dejémoslo tranquilo.
Echemos humo despacio
Acostémonos sobre el vapor
que exhalamos
en estos pálidos días de frío.
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